- Categoría: Comentando
- Escrito por Ventura Carballido
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Batallón 108 de Holguín: No podía fallarle a Raúl!
El autor de este trabajo reflexiona a la luz del tiempo transcurrido como protagonista y autor de estas memorias. Sin lugar a dudas, habíamos cumplido con nuestro deber con Fidel y Raul Castro, y llevábamos con sincero orgullo el reconocimiento de toda la dirección política y militar de la primera línea frontal contra el enemigo; las montañas del Escambray. Había que capturar 56 alzados.
Al oscurecer, inesperadamente se dio la orden de partida y nos aprestamos a escalar los peldaños al cielo. Ahora no nos esperaban las balas enemigas, ni las abruptas emboscadas, sino los brazos amantes de nuestras madres, esposas e hijos.
El paisaje mostraba buen tiempo, y el verdor de los campos pasaba raudo por nuestras miradas perdidas en el lejano horizonte que presagiaba momentos de dicha. Por fin, después de un largo y fatigoso trayecto el tren cumplía su última parada prevista, en territorio de lo que es hoy la provincia de Holguín. La estación representaba un nudo ferroviario de nombre Lewingston, punto cercano al poblado de Cacocum. Dentro de los vagones comenzó una febril movilidad entre sonrisas y constantes comentarios.
Sin embargo, no se permitió el descenso y esto nos empezó a preocupar, no se observaban los camiones y los ómnibus que nos debían conducir a nuestra querida ciudad. Empezaron las conjeturas, y por minutos corrían los rumores; y en medio de la ya dramática situación que se estaba creando, observamos como aparecían a lo lejos, utilizando todo tipo de transporte, familiares y amigos, que con conocimiento de nuestra presencia no consiguieron esperar pacientemente la llegada a la ciudad, como estaba previsto en las instrucciones ofrecidas.
Era como si algo les anunciara que el deseado encuentro, entre los combatientes, familiares y el pueblo holguinero no se iba a producir ese día. Llegaron muchas madres llenas de emoción, con el involuntario llanto que brotaba de sus ojos, y el afán de ver a sus hijos. Algunas con dos y hasta tres alistados en esa tropa, como le sucedió a la de los Navarro. Otras que además del hijo tenían a su compañero en la vida. Allí estaba una buena representación de padres orgullosos por el patriotismo de sus descendientes, y novias, que ansiaban recibir el apasionado beso de su miliciano enamorado.
Mientras, una parte del pueblo de Holguín disfrutaba los carnavales, otra se aprestó a compartir la alegría con los recién llegados y muchos trasladaban pomos y jarras con el preciado líquido efervescente a la recepción, con el deseo de brindar por el cumplimiento de la misión y el reencuentro soñado, a pesar de las crudas jornadas acaecidas en el frente montañoso.
El ambiente fue tornándose confuso. La orden era precisa, clara y terminante, expresada en este caso por el capitán, Antonio Pérez Herrero: —Nadie podía moverse de sus puestos en los vagones —. Sin lugar a dudas, esto presagiaba una continuidad de la misión. La orden llegó del Comandante Raúl Castro.
La incertidumbre y aprensión entre familiares y soldados, comenzó a correr el espíritu del deber en algunos. Los familiares se inquietaban, hasta que por fin, después de una larga espera que permitió cavilaciones e hipótesis, un oficial informó la orden de cumplimiento inmediata: se debía continuar la marcha para situar a nuestro Batallón en las proximidades de la Base Naval de Guantánamo, ante la inminente agresión que ya se aprestaba a realizar el imperialismo norteamericano, por las costas de Baracoa, esto nos convocaba a permanecer movilizados, porque la Patria volvía a estar amenazada.
La noticia fue aplastante. Este era el golpe de gracia para que algunos no analizaran convenientemente la situación, guiados por el impulso incontenible del reencuentro, donde madres con sus expresiones maternales imploraban a sus hijos que descendieran del vagón y obviaran la situación de la urgencia de la Patria.
Estos hechos llenos de inocente e intenso amor filial lograron girar las manecillas del reloj en sentido contrario, sin percatarse que sus nobles acciones, en momentos de justificada incertidumbre, y en jóvenes aún inmaduros, a pesar de la gigantesca misión que acababan de cumplir, provocarían un impacto emocional y por ende, una variación en su conducta.
La idea de la proximidad de otras acciones armadas desconcertaba a las familias y no querían irse de allí sin sus seres queridos. Otros soldados, la inmensa mayoría, reaccionaron a la inversa ante el influjo delirante de la familia, opusieron sus conceptos y decisiones y decidieron continuar hasta el final de la contienda con la misma decisión mantenida hasta el momento.
Una imagen enturbió el paisaje, en medio de tanta confusión, algunos, quizás los menos, abandonaban sus armas y se marchaban, no sin antes, mostrar en sus tristes ojos visos de lamentable arrepentimiento, como si algo los detuviera, como si una voz en su oído clamara el retorno ante un colectivo de hombres que hasta ese momento habíamos formado una gran familia, a pesar de estos hechos estábamos convencidos que ellos no alimentaban la claudicación.
El tiempo nos daría la razón, cuando la Patria necesitó de nuevo su aporte. La inmensa mayoría del pueblo y familias allí congregadas, no usó sus manos para apoyar o estimular el descenso del tren; la usaron para desearnos buena suerte, las levantaron para la despedida, cuando aquella mole de hierro, arrancó sus motores dejando atrás una inolvidable lección para la historia de un grupo de jóvenes combatientes que escribían un capítulo más en las contiendas patrias.
El tren se puso en camino, el traqueteo de las ruedas de hierro comenzó a lastimar nuestros cuerpos cansados por el largo trayecto. Nos esperaba otra extensa jornada y nos acomodamos en el piso de los vagones, mientras observamos los espacios vacíos de nuestros compañeros, con quiénes compartíamos algunas horas atrás, nuestras alegrías y temores.
Los que íbamos en aquel tren, en forma resuelta, discurriendo entre dos rieles, impacientes por llegar al nuevo teatro de operaciones asignado por el mando superior, como para los que se bajaron en el andén, pasará este momento, como algo que se inserta o inmortaliza, como situación trascendente, muy especial en nuestras vidas. Sin embargo, al extender la vista por los solitarios parajes campestres, comprendimos que cualquiera de nosotros hubiera podido anteponer el sentimiento filial en momento tan exclusivo, quizás una decisión repentina por una más fuerte personalidad decidió mantener la balanza hacia el deber con la Patria, por encima de cualquier otro.
El tren continuaba su curso, pequeñas poblaciones orientales cruzaban ante nuestra vista y muchas personas salían a las calles levantando sus manos en saludo al paso del ferrocarril. Por fin, llegamos a la ciudad de Guantánamo recesando el viaje en la Terminal de trenes de la ciudad. Era imperioso un receso y la tropa fue autorizada al descanso. Largas calzadas de atractivas edificaciones que daban una visión de gran ciudad recibieron en su seno grupos de milicianos que deambulaban de un establecimiento a otro adquiriendo alimentos y chucherías que satisficieran nuestro malogrado paladar.
Era una mañana resplandeciente y pronto se organizó nuestro traslado para una zona cercana de nombre, Yerba de Guinea que nos acogería por varios días en pequeños campamentos diseminados por la zona, en total disposición combativa.
Naves estadounidenses se encontraban describiendo movimientos en el Mar Caribe, y por la zona norte cerca de Baracoa, en aguas internacionales, a la vez que se observaban fuertes movimientos en la Base Naval. Estas maniobras estaban llamadas a desviar la atención de otras zonas importantes del país en el intento de invasión. Pronto cesaron estas actividades móviles en la Base, las embarcaciones se retiraron, y otras fuerzas regulares ocuparon nuestro lugar. El escenario quedaba listo para la cruenta contienda que se avecinaba en el centro del país.
Todo parecía que había concluido y el día 14 de abril de 1961, el Comandante Calixto García, se reunió con nosotros; tenía la misión de Raúl Castro Ruz, Ministro de las FAR, de crear el Ejército Oriental, por eso, vio en este conglomerado de aguerridos milicianos, una rica fuente de reservas para fundar la unidad militar insignia: La División 50; de esa forma, siete días antes de que naciera el Señor Ejército, luego de un llamado a los hombres del Batallón 108, precisamente en Yerba de Guinea, se produjo el juramento por 2 años de muchos de los integrantes del Batallón, para la fundación de la referida División 50, del histórico e invencible Ejército Oriental.
La orden de partida hacia nuestra ciudad nos llenó de alegría y raudos y veloces tomamos los camiones que harían el tránsito hasta Holguín. El propio 14 de abril, al oscurecer se abrían las puertas del pueblo y los corazones de sus habitantes para recibir a sus héroes. La caravana recorrió las calles enardecidas de entusiasmo hasta concluir en el parque Calixto García. Al pisar el asfalto nuestros pasos nos guiaron con rapidez hacía el calor hogareño y a los brazos de nuestros seres queridos.
Al día siguiente, después de un sueño reparador y en horas tempranas de la mañana la radio anunciaba a voz en cuello las disposiciones combativas emitidas por la alta dirección del país, decretando la movilización militar general. Era el 15 de abril de 1961 y se preludiaba de forma evidente una invasión armada. Los aeropuertos eran bombardeados y se producía la movilización del país.
El Batallón fue citado por radio para personarse en su totalidad en los amplios corredores de la llamada agencia POWER, hoy Planta Primero. de Mayo, con el fin de recoger las armas.
Nuestra sorpresa fue muy emotiva al ver que los primeros que llegaron, a empuñar los fusiles, fueron nuestros compañeros que decidieron quedarse en Lewingston. Se volvían a montar en el tren de la dignidad que esta vez nos conduciría a la sede inicial de nuestra preparación combativa, el campamento El Tahití.
Aunque no estaba en el ánimo de ninguno de los que regresamos de Guantánamo, tocar el tema, fueron ellos, los que intentaron pedir disculpa por lo sucedido. No le dimos posibilidades, no resultaba necesario, ya estábamos juntos y con el mismo patriotismo que siempre nos caracterizó. Apostados en aquellas trincheras que abrimos con nuestras manos y empuñando aquellas armas que llenas de grasa nos entregaron un 31 de diciembre de 1960, seguiríamos adelante por la senda del combate, defendiendo los postulados patrios y cumpliendo con las órdenes del Comandante en Jefe.
Esos compañeros, con su positiva actitud, lograron escalar importantes responsabilidades, tanto en el MININT, las FAR, organismo políticos , y otras instituciones públicas, demostrando su alta valía, que nunca perdieron.
Este suceso por su gran connotación y por su alta dosis de sensibilidad para los combatientes del Batallón, sus familiares y amigos, siempre fue motivo de pocos comentarios. Nadie quería lesionar ni con el pensamiento a aquellos compañeros que por complacer a los familiares, o por no haber hecho acopio de la inmensa fortaleza que aconsejaba un momento especial, pasaron por circunstancias tan adversas.
Principios justos, comprensibles del valor humano, siempre condujeron la ética de nuestro Batallón No. 108, su cuidado y caballerosidad en el tratamiento personal de la tropa, sin ceder un ápice en el cumplimiento del deber fue la razón por lo que pudo escribir páginas gloriosas en la historia de nuestra Patria.
Esta triste lección no solo deben apreciarla los que se quedaron en el andén y que nunca fueron tildados de desertores y siempre gozaron del respeto de todos sus compañeros, sino los 484 milicianos de este glorioso Batallón, y más importante aún, las generaciones de revolucionarios que mediante la presente obra conocerán de esta inesperada situación que insólitamente aconteció, sin vaticinarlo, resultado de una dinámica que se presentó en el camino de esta dotación miliciana.
La historia, aunque a veces dura, siempre debe servir para incidir en la conciencia de las nuevas generaciones de revolucionarios, que como singulares lecciones le pueden ser útil en esta continuidad al servicio de la patria, hay que contarlas incuestionablemente.
Por imperativo del valor que este suceso tiene para la historia de esta formación combativa, omitirla en cualquier acercamiento a la misma resultaría imperdonable’’.
