- Escrito por María Esther Pupo Hechavarría
- Categoría: Historia
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Dos cubanas heroicas murieron, pero no traicionaron
Luego de cinco días de tortura y agonía, el asesinato de las jóvenes cubanas Lydia Doce y Clodomira Acosta se consumó hace 61 años, el 17 de septiembre de 1958, por esbirros de la dictadura de Fulgencio Batista.
Como antesala, el 11 de septiembre, revolucionarios de Regla ajusticiaron a un confidente de la tiranía que gobernaba en el país, lo que desató una brutal represión de la que fueron víctimas varios miembros del Movimiento 26 de Julio.
Al ser asesinado Gilberto Soliguera, en presencia de José Piñón, llamado Popeye, éste delató el paradero de los jóvenes que habían ajusticiado al batistiano.
En ese momento ya se encontraban en La Habana Lydia Esther Doce Sánchez y Clodomira Acosta Ferrales, quienes eran mensajeras de la Sierra Maestra. La última de ellas tuvo dificultades de alojamiento, y Reynaldo Cruz, uno de los revolucionarios de Regla, le ofreció quedarse en la casa del reparto Juanelo. Conociendo esto, Lydia se ofreció para acompañarla.
Publicaciones acerca de los hechos recogen que el 12 de septiembre, en la madrugada, tocaron a la puerta del apartamento y escucharon la voz de “Popeye” que había traicionado. Los esbirros entraron y sorprendieron al grupo. Después de una brutal golpiza, fueron acribillados a balazos cuatro de aquellos jóvenes, cuyas edades estaban entre los 20 y 23 años.
Lydia y Clodomira se abalanzaron contra los asesinos, siendo arrastradas fuera del edificio, llevadas a la Oncena Estación de Policía. Según testimonio del cabo Caro en el juicio que se le hizo, el día 13 las mandaron para la Novena Estación.
Allí, las bajaron al sótano y Lydia cayó de bruces al ser ambas empujadas. Recibió entonces un gran golpe en la cabeza y se dio contra el contén. En reacción de defensa, su compañera Clodomira le fue encima al tirano, pero también fue noqueada a golpes.
En la noche del 14 de septiembre de 1958, y viendo que ni con torturas hablaron, fueron llevadas a la Décima Estación, donde volvieron a torturarlas. Después de varias sesiones, ya moribundas, durante una madrugada, las montaron en una lancha, en La Puntilla, y en sacos llenos de piedras las hundían en el mar y las sacaban; hasta que finalmente, sin que delataran al “Movimiento 26 de julio”, fueron echadas al agua.
Trágico final para aquellas valerosas jóvenes, sufrimiento de varios días y noches, pero nunca dieron información acerca de las acciones guerrilleras y clandestinas que una generación heroica libraba por la soberanía de Cuba.
Al referirse a ellas Fidel Castro dijo: “Mujeres heroicas (…) Clodomira era una joven humilde, de inteligencia y valentía a toda prueba, junto con Lydia, torturada y asesinada, pero sin que revelaran un solo secreto ni dijeran una sola palabra al enemigo.” Sobre el miedo se impuso el honor; y sobre su muerte, la admiración y el recuerdo de los cubanos.
