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Entrevistas

  • Escrito por María Karla Casaus Portelles, estudiante de Periodismo
  • Categoría: Entrevistas
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Médico, profesor, padre y amigo

Medio siglo de experiencia caracterizan al doctor en medicina y especialista en medicina interna Miguel Ángel Berrillo Romero, a sus 75 años de edad mantiene activa su vida laboral y actualmente se desempeña en el policlínico Pedro Díaz Coello ubicado en el reparto del mismo nombre de la ciudad de Holguín.

Berrillo, como lo llaman sus amigos y familiares, se enorgullece de haber superado sus expectativas en una profesión anhelada desde la infancia y de la cual aún no piensa retirarse.

Desde niño siempre me incliné hacia la medicina, quizá influenciado por aspectos sociales o familiares y, además, en mi familia había muchos médicos, no olvido que siempre me decían: ¿Qué vas a estudiar? – Quiero ser médico, respondía yo. De hecho siempre estuve en mente ir a trabajar a lugares intrincados, a sitios carentes de este servicio porque creo que antes de médico hay que ser humano y no existe mejor gratificación que ayudar a quienes más necesiten atención.
Me enamoré de la Medicina Interna porque es la especialidad que explica con mayores argumentos todos los problemas del paciente como ser humano, es muy completa. En aquel tiempo incluía la cardiología, las vías respiratorias, la gastroenterología, la hematología y otras ramas clínicas.

Poco más de cincuenta años dedicados a la salud pública son testigos delaperseverancia de Berrillo. Aun cuando su salud no es óptima, no pasa por su mente la idea de abandonar esta bella profesión. Su amor y disposición hacia los pacientes superan en la balanza a cualquier aspecto que lo incite a retirarse.

Me resulta muy difícil renunciar a una vida dedicada a los demás después de tantos años. Mientras pueda permaneceré activo porque no concibo mis días sin atender a un enfermo o sin brindarles mis conocimientos a los estudiantes.
Es un orgullo cuando estoy en algún lugar y algún médico me reconoce: - -Mira mi profesor… -Él fue mi profesor hace 20 años . Hace 30 años me dio clases. Sinceramente no existe mayor regalo que ese, solo saber que influí en la formación de grandes médicos me llena de satisfacción.

Cada 3 de diciembre resulta una fecha trascendental para este doctor y especialista, quien no solo alza las copas por el día de la medicina latinoamericana sino también como celebración de su cumpleaños.

Disímiles experiencias gratificantes y difíciles describen su labor  en la salud pública en Cuba y conforman esa profesionalidad que hoy lo distingue.

Enfrenté muchas situaciones difíciles porque me formé a inicios de la Revolución, la academia tenía costumbres del pasado por lo cual no era fácil adaptarnos. Estábamos becados en Girón, dependencia de la Universidad de La Habana. Terminando el tercer año un grupo nos trasladamos a Santiago de Cuba y allí culminamos los estudios. De 1825 que comenzamos la carrera, solo nos graduamos 144.
Para aquella etapa los médicos nos graduábamos e íbamos a trabajar a donde hiciera falta, a lugares donde nunca se había visto un médico. Al graduarme fui enviado como director de la región de Manatí, que tenía seis municipios y un hospital. La población era de más de cincuenta mil habitantes había además una cárcel (con mil quinientos reclusos) y un puerto. Comenzaba una consulta a las nueve de la mañana y terminaba pasada las seis de la tarde para luego desarrollar labores de dirigente.
Pasé mucho trabajo, llegué a laborar 48 horas seguidas y recuerdo que en una ocasión me quedé 10 días solo en un hospital haciéndolo todo. Fueron tiempos de arduo trabajo, tan así que cuando solo atendía cerca de 150 pacientes en un día me asombraba, aunque parezca extraño había sido una jornada tranquila.

El amor por lo que hace es irrevocable, sin dudas ser un doctor con mérito requiere de un largo camino enemigo del facilismo y aliado del esfuerzo. Su labor se enriquece con las innumerables anécdotas diarias.  

Hace aproximadamente 30 años, cuando me encontraba de guardia en el Hospital Lenin, se acerca a mí una alumna de sexto año y me dice que una paciente había fallecido porque no tenía pulso ni presión arterial; inmediatamente recuerdo la Enfermedad de Takayasu o Enfermedad sin pulso y le digo que la ingrese. La paciente fallece cinco días después por un infarto cardíaco. Tiempo más tarde, en la reunión clínico-patológica, realizada ya la autopsia, comienzo a presentar el caso pues se trataba de una enfermedad muy rara conocida no por todos. Al concluir el patólogo me felicita y corrobora mi planteamiento.

Su vida se resume en una palabra: salud. Miguel Berrillo comparte sus experiencias y sus conocimientos trascienden a las nuevas generaciones, pero no solo sus estudiantes se han privilegiado de tales saberes, sino también alguien que no dudó en seguirlo, su hija.

Fue decisión de ella estudiar medicina. Mi orgullo al respecto es enorme, claro, y más cuando es especialista en Medicina General Integral y es Neurofisióloga en La Habana. Sus logros me dan mucha felicidad, pero esclarezco, presumo de ellos como mismo lo hago con los de mis alumnos.
Todos han sido para mí como hijosy les enseño como si lo fueran realmente. Lo aprendido cada día lo debemos transmitir, es como la sangre que circula por nuestras arterias, no se puede detener.
La confianza y el respeto que un médico debe reflejar en todas las esferas de la vida son importantísimas para crecer como ser humano y como profesional.A todos los estudiantes de medicina un consejo, el mismo que le di a una boliviana hace algunos años: ¡Estudiar, estudiar y estudiar! Con el fin de ser mejores médicos para Cuba y para el mundo.