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Entrevistas

  • Escrito por Claudia Mara Cruz Escalona
  • Categoría: Entrevistas
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El reto de curar con las palabras

Durante más de tres meses continuos la psicóloga holguinera Yakima Luque Cruz prestó sus servicios de ayuda emocional y atención personalizada a pacientes sospechosos y positivos  a la Covid-19. Todo inició de manera fortuita.

“Me encontraba en una reunión en el Centro de Salud Mental del municipio Holguín, cuando un directivo de salud de provincial de visita requirió un psicólogo para atender a los médicos y personal sanitario que habían enfrentado los casos positivos iniciales de Covid-19 en el territorio.  No lo pensé, levanté mi mano y fui la primera en dar el paso; llamé a mi esposo y me llevó las cosas necesarias para una estancia, pues no conocíamos la situación ni sabíamos si nos iban a aislar o regresaríamos a casa. Estábamos como todos los cubanos, con las expectativas de tratar de hacer lo mejor posible”.

“Me involucré en seis centros de aislamiento, realizando un trabajo multisectorial pues atendía a los médicos, pacientes e incluso a personas sospechosas de portar el virus. Mi labor consistía en apoyarlos tanto emocionalmente como brindarles información, asesorar a las familias e orientarlos en lo que se debía o no hacer. Las manifestaciones emocionales fueron variadas: tenían miedo, se mostraban ansiosos, deprimidos, con ira o rabia, culpaban a un vecino o familiar por llevar la enfermedad hasta sus casas. Siempre intenté sentirme como una paciente para poderlos entender, experimentar en carne propia lo que ellos estaban sintiendo. Fue difícil pero fue a la vez una tarea bonita”.

“Esta profesión requiere mucha sensibilidad y la vez fortaleza interna, pues el psicólogo puede sensibilizarse con una causa pero no puede arrastrase por los estados emocionales de quien en un momento determinado necesita ayuda. Realmente uno es como un espejo, donde se muestran en los problemas de los demás pero debes manejarlos con entereza, no nos podemos quebrantar”.

“Yo valoro que la experiencia fue positiva porque nos enseñó. El mundo no estaba preparado para una pandemia, pero realmente el cubano es humano, solidario, altruista, y eso hace que seamos capaces de enfrentar sin titubear situaciones de contingencia. Para mí fue algo grande y positivo en mi vida, me di cuenta que era capaz de dar más de lo que estaba dando”.

Múltiples fueron las vivencias que marcaron las duras jornadas. Las historias se acumulan, definidas generalmente por la fuerza de voluntad y la unión de los profesionales sanitarios para asistir a sus pacientes.  

“Historias bonitas son muchas, cada una con sus particularidades, pero la que más cautivó fue la de un caso positivo de un niño de 10 años. Me encontraba trabajando en el centro de aislamiento que se dispuso en la sede Manuel Fajardo de la Universidad de Holguín. Ese día se realizaba una actividad cultural en la plaza de la institución para que los pacientes desde sus ventanas pudieran disfrutar de un poco de arte para aligerar sus ánimos, cuando nos llegó el reporte de que el caso era positivo a la Covid-19”.

“Disponíamos solo de 20 minutos para preparar a la madre y al niño, al cual trasladarían hacia el hospital militar. Fue difícil decirle a un pequeño que padecía una enfermedad tan poco conocida, y además que no iría con su mamá hacia el otro centro de salud.  Con la ayuda y el apoyo de la enferma y la doctora de guardia logramos que ese chico fuese capaz de recoger su mochila de ropa, decirle a la madre: “yo voy a estar bien”, y montarse en la ambulancia sin mirar atrás. Yo estaba segura que él confiaba en la salud cubana. Luego lo vi en la televisión en una entrevista, ya recuperado de alta, y ese fue mi mayor regocijo pues daba las gracias a los profesionales de la salud que lo ayudamos en ese momento”.

“Todo eso junto al trabajo que despliega el gobierno y el sistema de salud cubano, que es incalculable, en cuanto a recursos pero también la proyección integral hacia los pacientes. Realmente solo el ser cubano y el estar en Cuba para valorar lo que se hace por nuestros enfermos, el sacrificio para enfrentar la pandemia”.

Cumplir con su trabajo durante ese periodo dependió en gran medida del respaldo y el vínculo familiar.

“De mi familia tuve todo el respaldo, sin ellos no hubiera podido realizar esta tarea. Mi hijo, mi esposo y mi mamá fueron puntales fuertes en esa situación. Mi madre hacia nasobucos para los niños de los centros de aislamiento y mi esposo como chófer de guagua transportaba a los sospechosos. Como algo positivo resultó que mi hijo, quien no sabía que quería estudiar, al vernos con tanta entrega, tantas horas sin descanso, decidió que sería medico. Mi familia vivió bien de cerca la Covid-10, hecho que nos deja una huella de fortaleza. Todos somos más resistentes, más humanos, más humildes”.

Sanar el alma y prestar atención emocional tiene su recompensa. El agradecimiento por curar con las palabras vino desde los más variados escenarios.

“El agradecimiento fue múltiple, lo recibimos de disímiles maneras. En el momento de la partida algunos nos declamaban un poema, otros nos entregaban cartas, nos enviaban testimonios, certificados. Con lágrimas en los ojos querían hacerse fotos con nosotros para llevarse la imagen de las personas que los apoyaron”.

“Lo que más me llevo es la sonrisa de cada uno de ellos cuando regresaban a sus hogares y se sabían curados, sanos y a salvo, que habían vencido sus miedos. Esa sonrisa de agradecimiento y de fortaleza me quedará por siempre en el corazón”.