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  • Escrito por Abdiel Bermúdez Bermúdez
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Curso escolar: ¡En sus marcas, listos, el timbreeeeee!

El timbre está al sonar en las escuelas cubanas, la Mesa Redonda le esta dedicando tres programas a los preparativos del curso, y en materia escolar ya se palpan las sensibles diferencias que impone el salto de una enseñanza a la otra.

Lo digo porque a esta hora el 99,9% de los niños que salen del círculo infantil, de las vías no formales o de las casas de cuidadoras, dan lo que no tienen por vestir el nuevo uniforme escolar.

No les interesa que las madres hayan armado una bronca justificada en la tienda de la esquina porque el problema de las tallas no acaba de cuajar. A ellos les tiene sin cuidado que el uniforme no esté planchado y les quede grande y parezcan payasitos hasta que la vecina costurera los ponga “en talla”. Lo suyo es vestirse de estreno, con el uniforme blanco y rojo, los zapatos nuevos y la mochila grande, “desbaratacolumnas”, para echar toda la base material de estudio, plantarse luego en la plaza de la escuela gigantesca y entrar al aula de la mano cuando la maestra les diga “entren de la mano”. Claro que ustedes podrán identificar con soltura, amigos míos, que les hablo de la Enseñanza Primaria, porque en la Secundaria pasa diferente.

Los niveles hormonales, o la creencia en la superación de la niñez, o cierta permisividad de los padres, o cierta falta de autoridad de algunos maestros –qué sé yo–, han hecho posible que la secundaria básica sea quizás la enseñanza más difícil de todas.

A esta edad, la llegada de septiembre muchas veces se recibe con miedo. El embullo no es el mismo, y el pensamiento tampoco. Ya se siente miedo a lo desconocido. Pero será un proceso de corta duración. Sucede que los de séptimo grado guardan aún una dosis de inocencia que perderán el mismo primer día de clases. Verán a los de octavo y noveno comiéndose el mundo, contando anécdotas diversas, soñando en grande, y ellos querrán parecérseles. Ojalá, sin embargo, no terminen pareciéndose en usar el uniforme como piltrafa, o como quien va de paseo. O en fumar a escondidas en los bajos de la escuela. O en flirtear con el teléfono celular más que con los libros de texto.

Si caminan bien, tal vez dentro de 3 años entren con buen paso al preuniversitario. Pero las motivaciones, en ese entonces, serán otras. Cuando ya vistan el azul de mayores empeños, unos no querrán iniciar el curso porque prefieren seguir amaneciendo en las calles, por aquello de que la madrugada tiene su swing o porque no tienen otra cosa mejor que hacer.

Conozco a un grupito de estudiantes “preuniversitáricos” que dieran lo que no tienen con tal de que el curso se pospusiera, no importa por qué razón.  Lo suyo es el pisteo, el drinking, el zapping… o la bobería, como dice otro grupo que sí anhela terminar el pre de una vez, para entrar a la mejor etapa de la vida: la de la Universidad.

Claro, los que quieren entrar a la Universidad normalmente cogieron la carrera que soñaban, tienen expectativas, y van contentos, aunque la beca no sea la mejor ni la alimentación tampoco.  Pero los que ingresan a la Universidad para cumplir con los padres más que con ellos mismos, van porque no hay más remedio, amenazan con no terminar los cinco años, y hasta lloran porque no quieren empezar a caminar por sí solos. Ya se les olvidó que hasta ayer andaban pregonando a los cuatro vientos que ya eran mayores de edad, tenían carné de identidad y podían hacer lo que quisieran.

Los padres explican, alertan, aconsejan y hasta ordenan… con tal de que el hijo comprenda, pero a esta edad nadie escarmienta por cabeza ajena. Lo penoso sería que se desinflaran en el intento; que no traspasaran las puertas de la gran escuela con la que sueña tanta gente en este mundo.

Se los digo yo, que el día que entré en la Universidad supe que estaba en el piso nosécuánto, había que cargar agua en cubos porque la turbina estaba rota, y en la comida me esperaba un suculento calamar que de suculento no tenía ni un tentáculo. Pero los socios que comencé a hacer ese día, y que son los amigos de hoy, nos fuimos juntos a cargar agua, nos comimos el calamar sin olerlo siquiera y una guitarra nos ayudó a soportar el calor de la noche hasta que la corriente quiso aparecer.

Pero comenzaba el curso escolar y ya no éramos los chiquilines de antaño. Estábamos en la Universidad, comenzábamos a ser nosotros mismos, lejos de los padres y de todo lo que conocíamos, y no había marcha atrás, porque el futuro, normalmente, queda delante.

  • Escrito por Abdiel Bermúdez Bermúdez
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El examen que Cuba no puede desaprobar

El proyecto de Constitución está en las manos de los holguineros.

En el Poligráfico José Miró Argenter, de esta ciudad, nuestro también se imprimieron los tabloides que se venden en las unidades y estanquillos de la Empresa de Correos de Cuba, y ahora hay miles de holguineros leyendo, marcando el texto, haciendo anotaciones, preparándose, para poder participar, para poder debatir.

Se ha dicho que no hay límites para opinar. Todo el que quiera expresar algo, puede hacerlo. Y lo único que se pide es que haya respeto en cada opinión, porque los temas son trascendentales para el futuro del país.

Y que los temas hayan despertado ese interés, ya es una victoria adelantada. Malo sería que pasaran por alto, y que a nadie le interesara el contenido de la Ley de leyes de la nación. Y lo digo porque ese interés también se educa.

Si una cosa dejaron en claro los debates en la Asamblea Nacional –como queda en claro en nuestro día a día–, es que la cultura jurídica de nuestro pueblo no está en su mejor momento.

Ni la Educación Cívica en las escuelas ha dado en el blanco, porque se ha impartido “por arribita” en muchos casos, ni en otros espacios académicos e institucionales se ha hecho hincapié en ello. La verdad es que se ha privilegiado la educación con enfoque patriótico y nos ha faltado ese proceso civilizatorio, que enseña a vivir en sociedad, desde el respeto a la legalidad; y la ignorancia no puede frenar el desarrollo social de Cuba, ni privarnos del sentido común, de la justicia.
También es cierto que el acceso a la Constitución ha estado demasiado restringido por mucho tiempo, y por eso el que tenía o tiene una Constitución en casa, puede darse en el pecho.

Ahora que se ha logrado imprimir de este modo el nuevo proyecto, uno se da cuenta de que lo que faltaba era el empujón preciso para lograr que la Constitución estuviese en miles de manos. Y los cubanos a los que este tema les ha preocupado –que no han sido pocos–, siempre ponen el ejemplo de Venezuela, donde se ha gobernado y discursado con el librito de la Constitución por delante.

Eso habría de servirnos de algo. Y espero que así sea de ahora en adelante, porque nunca se había suscitado en Cuba un análisis de nuestra Constitución como el que ahora está teniendo lugar en cada espacio de nuestro país, y que será mayor desde el próximo 13 de agosto.

Dice mi amigo Ronquillo, presidente de la UPEC, en un texto publicado en Juventud Rebelde este domingo, que para ser un buen ciudadano no basta con haber nacido en Cuba o “portarse bien”. La condición de ciudadano es, además, un compromiso con la esencia misma de la nación. Con su destino.

En Cuba ahora tendremos la posibilidad que no tiene ningún otro pueblo del mundo, de opinar sobre la letra y el espíritu de la Constitución, de decir lo que pensamos, para que eso “suba” y lo analice la Comisión parlamentaria, lo lleve luego a los diputados y baje en forma de referendo una vez más hasta las masas, que son las que deciden en última instancia.

Parece un proceso complejo, pero todo lo que enaltece y honra implica algún tipo de sacrificio, como decía Martí. Esto apenas está comenzando, y lo importante ahora mismo es prepararnos bien, y no quedarnos con dudas, como algunos hacían en la escuela y luego en los exámenes salían mal. El debate constitucional es un examen (de principios, deberes y derechos) que Cuba no puede desaprobar.

  • Escrito por Abdiel Bermúdez Bermúdez
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Nueva Constitución, nuevo país

Con la inmediatez que solo da la radio, la emisora Radio Angulo publicó que en Holguín la primera consulta popular en torno al proyecto de nueva Constitución, tendrá lugar en el municipio de Cacocum.

La fecha programada es el venidero 13 de agosto, que en Cuba tiene un significado especial, por conmemorarse el natalicio de Fidel, y obviamente esta elección no es hija de la casualidad.

Como tampoco es casual que el sitio escogido sea la circunscripción 39, de Los Pinos, porque allí se alcanzó el más alto porcentaje de participación ciudadana durante las pasadas elecciones, con un 86,96 por ciento, y lo sabe bien su delegada, María Elena Calvis Carrazana, quien seguramente ya se prepara para el debate.
Después de eso, en la provincia de Holguín, como en toda Cuba, se desarrollarán consultas populares similares, en barrios, centros de trabajo o de estudio, y en espacios habilitados para reunir a trabajadores por cuenta propia.

También en el exterior, los colaboradores cubanos y el personal de las embajadas y consulados, debatirán los entramados de este proyecto de Constitución que fue aprobado por los diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular hace solo unas semanas.

Y comencé hablando del futuro, para irme entonces al pasado reciente, puesto que ni los Juegos Centroamericanos de Barranquilla, ni la imaginaria ola de calor, le quitaron el protagonismo a las discusiones respecto a la reforma constitucional, donde lo mejor que pudo suceder fue ver a los diputados mostrar su inconformidad, sus preocupaciones y defender sus posiciones, más o menos centradas, más o menos correctas, porque mucha gente ha dicho por demasiado tiempo que en la Asamblea Nacional la unanimidad está a la orden del día, y qué bueno que no sea verdad.   

Algunos me han preguntado: “Bueno, y ¿para qué cambiar la Constitución si eso no va a quitar el Bloqueo ni tampoco va a poner el plato de comida sobre mi mesa?”. Y yo no tengo la respuesta para esa interrogante, pero Cuba no es la misma  de 1976 –¡claro que no!–, y el entendimiento de la importancia de transformar la Carta Magna de la República ha estado en boca de miles de holguineros, más ahora que se aproxima el debate de la reforma constitucional y el referendo que la legitimará o no, de acuerdo con el voto del pueblo.

Durante los últimos años nuestros dirigentes han apostado por rescatar la institucionalidad del país, y la nueva Constitución contribuye a ese objetivo. Demasiados tropiezos nos han roto los zapatos hasta hacernos entender que hay que articular mejor cada escenario nacional, desde lo económico hasta lo jurídico-normativo, para no andar dando tumbos por ahí, entorpeciendo el desarrollo en lugar de favorecerlo.

Construir el socialismo es más difícil de lo que parece. A este país en el que vivimos le hace falta de una vez incrementar las inversiones, pero hoy persisten tantas trabas –incluso por omisiones constitucionales– que, cuando avanzamos, nos pasa como a Ruperto, el popular personaje del programa Vivir del cuento: un pasito para alante y dos para atrás.

Sucede, además, que existen estructuras arcaicas e inoperantes, cuya misión fundamental cualquiera de nosotros desconoce en esencia. Tenemos leyes y normativas disfuncionales, obsoletas, que merecen ser cambiadas, renovadas, a ver si así se cumple de verdad “lo que está establecido”. Nos mata la incapacidad de ciertas personas –con responsabilidades altas, en puestos de dirección– para asumir sus cargos con una visión estratégica y propiciar un cambio de situación, porque hay mentalidades más apegadas al celular corporativo que al destino nacional.
La reforma constitucional, implícitamente, tiene esos fines. Hay necesidades urgentes que no pueden ser postergadas, o nos quedamos anquilosados en el pasado y sin futuro posible.

Por lo pronto, desde hoy comenzó a venderse el proyecto de la nueva Constitución en unidades y estanquillos de la Empresa de Correos de Cuba, en las provincias de La Habana, Mayabeque, Artemisa y el municipio especial Isla de la Juventud. En Holguín, el tabloide de 32 páginas comenzará a comercializarse desde el venidero viernes 3 de agosto.

Hacer una lectura crítica del mismo, marcar los artículos que nos parecen decisivos, sugerir readecuaciones, cambios, o que queden como están, será el ejercicio de participación ciudadana que le toca al pueblo desde el 13 de agosto. Hay que sentarse cuanto antes a leer, para preparar bien nuestras propuestas, y para preguntar si tenemos dudas.

Que nadie diga: “Para qué, si ya todo está aprobado”. Pensar de ese modo no ayudará a que incluso se mejore el articulado del proyecto, que los diputados tendrán que aprobar o no en el mes de diciembre, cuando vuelvan a reunirse.  

Los que concibieron la propuesta son personas muy preparadas, es verdad; pero en nuestro pueblo todos los criterios son válidos para hacer crecer la obra de la Revolución. Nadie tiene la verdad absoluta sobre nada. Todos importamos.  Y nos hace falta una Constitución actualizada, moderna, inclusiva, revolucionaria, para poder aspirar a ese mejor país que queremos para nosotros y para nuestros hijos.