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Evocar al maestro

Evocar al maestro no es solo representarlo en efigies y nombres de instituciones. Tampoco encontrárselo en cada parte de la ciudad o recitar de memoria sus versos.

Honrar al apóstol no es tener uno de sus libros, conocer su biografía o haber visto El ojo del canario. Él es mucho más que un busto blanco en un parque, una pintura colgada en la pared o una frase en la entrada de una empresa.

José Julián Martí Pérez es ante todo una convicción profunda de sacrificio, respeto a los demás y voluntad para anteponer la responsabilidad a los placeres personales.

Dignificarlo es impedir que su ideario quede empolvado en los estantes de una biblioteca o en las tareas reproductivas de muchas escuelas. Es aterrizar al hombre hecho leyenda y reflexionarlo como amigo, amante, padre y cubano.

No es suficiente con recordarlo y ponerle una ofrenda en la fecha de su natalicio o fallecimiento, porque entonces lo convertimos en una costumbre y él es más bien un ejemplo de superación, de intransigencia revolucionaria y sobre todo de entrega.

Por eso, cuando a muchos les importa más llenar la casa que el espíritu, es necesario repensarlo y hacer del prócer una guía para interiorizar y llevar a la práctica.

Evocarlo es, en esencia, desterrar el egoísmo, la envidia, la pereza y el paternalismo. Es reconocer la vigencia de sus ideas y percatarse de que no todos los pueblos tienen la dicha de contar con un héroe cuyo pensamiento trasciende su siglo.

Para venerarlo debemos dilucidar más allá de su efigie, versos, libros, dibujos, frases o busto. Así podremos sentar las bases para edificar una sociedad que lo honre, una sociedad con todos y para el bien de todos.