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De VIH, ITS y otras historias tristes

El mañana tiene sus manías. Y llega casi siempre sin avisar. A veces con buenas nuevas, como que ahora los huevos solo van a las casillas, o que sacaron detergente en la tienda de la esquina y ¡no hay cola!, o que al fin apareció el champú para “queratinadas” en las Tiendas Recaudadoras de Divisa (TRD).

Sin embargo, a veces el mañana nos trae sorpresas de otro tipo: sobre la muerte de alguien a quien queríamos mucho y se nos fue demasiado pronto; o sobre el examen aquel que no pudiste aprobar porque la profe la cogió contigo; o sobre la enfermedad aquella que te callaste, de la que no quisiste hablar con nadie, porque tenías pena de ti mismo.  

De esto precisamente quería escribir hoy, porque conocí a un muchacho, de apenas 17 años, que pasó varios días encerrado en su cuarto sin querer salir, comiendo a pellizcos, solo, con su silencio. Hasta que la madre –¡siempre las madres!– se lo comió a preguntas, lo castigó, lo apabulló, lo endulzó, y él terminó contándole que noches atrás estuvo donde tantos hombres quieren estar, en el paraíso, o lo que es lo mismo, en un cuarto oscuro, con tres muchachas para él solito, y fue feliz, sí, sumamente feliz. Solo que no preguntó cuál de las tres tenía el condiloma que ahora no lo deja salir del cuarto, que le retuerce la mente, que le ha dejado esas verrugas en su virilidad juvenil.

Él siente vergüenza. Ni al médico quiere ir porque no desea que lo vean así. Pero la madre se lo lleva a la fuerza, y el médico lo atiende, le indica, le aconseja. Le da los mismos consejos que le daba a aquella muchacha, la del pelo suelto, que paralizaba a toda la consulta cuando pasaba por allí, por su belleza.

Nadie más la conocía. Solo el médico sabía su nombre. Y lo escribió en la planilla de las defunciones el día en que la joven murió a manos del SIDA, esa maldita enfermedad que solo es visible en el cuerpo de la gente que la padece, y en los registros donde se anotan las causas de muerte de tantas personas en el mundo.  

El médico le ha dicho al joven que use condón, que se proteja, que se cuide. Y mientras el médico habla, el joven recuerda las tantas charlas educativas de la escuela, la muela aquella de la profe que otra vez tenía razón, como siempre. Y a él se le salen las lágrimas, y abraza a su madre, que también llora, y le hace una de las preguntas más egoístas que pueda hacer una persona: ¿Por qué a mí? ¿Por qué esto tenía que sucederme a mí? Y digo egoísta porque preguntar “Por qué a mí”, significa también que ese problema que ahora me afecta debía haberle tocado a otro.

Solo que ese otro fue, si no más inteligente, al menos sí más sensato, y buscó un condón, que no nos deja sentir igual, porque no es lo mismo, claro que no; pero brinda una seguridad con la que el sexo sabe mejor; y sin ser 100% confiable, es más seguro que andar “a capella” tanteando terrenos desconocidos en los que sabrá Dios quién anduvo antes que tú; o apuntalando embarazos no deseados; o cazando infecciones de trasmisión sexual que liquidan moralmente a cualquiera que tenga una pizca de amor propio, de sentido común.

No se engañen. No estoy haciendo promoción del preservativo. Yo mismo no quisiera que existiera. Ah, pero que tampoco existieran ni el VIH ni las enfermedades contagiosas que matan tantos sueños por ahí las mismas enfermedades que hacen necesario el uso del preservativo entre los jóvenes y los no tan jóvenes, primero para que no te toque a ti, y segundo, para que no se alargue aún más la cadena de desgracias que el muchacho de esta historia continuó, la noche aquella en que a sus 17 años fue más hombre – creyó él–  por acostarse con tres mujeres a la vez.

Comentarios   

#1 Eva 21-05-2018 13:14
mis + sentidas condolencias a todas las familias que perdieron familiares en el doloroso avion caido... Tambien quiero felicitar a los familiares de las 3 sobrevivientes por que sus hijas sobrevivieron

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