- Categoría: Comentando
- Escrito por Liudmila Peña Herrera
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La fortuna de envejecer en armonía
No supo de bailes ni de otros divertimentos más allá de la crianza de sus once hijos. De hecho, vino a conocer el mar después que el tiempo había despintado sus cabellos. Pero no se queja. Cuando vamos a visitarla, mi bisabuela nos recibe con la misma contentura para todos y no se cansa de inquirir por este o por aquel. A ella no se le escapa nadie.
Será que la vida le premia con una vejez tranquila y acompañada, alejada de ofensas y desmanes. En esta época de abandono y soledades, ella posee el privilegio del cariño, aun cuando parece que los afectos están contados.
Hay que ver cómo andan por ahí esos seres tristísimos, cargando soledades por las calles de nuestras ciudades, deambulando sin rumbo fijo, ahogándose en los hedores y el alcohol, sufriendo la humillación de la humanidad.
Otros, no menos desafortunados, van rodando de casa en casa porque ya no pueden sostenerse solos y alguien les hace «el favor» de quedarse con su vivienda y mandarlos a vagar por las de quienes aceptan tenerlos una semana, dos, un mes… ¡Hay tantas maneras de matar de soledad!
No solo agreden la salud de un anciano el maltrato físico y el moral; también lo hacen el irrespeto a sus capacidades, el olvido de sus necesidades higiénicas y de salud, la subvaloración de que, porque son muy viejos, no necesitan calzar y vestir según sus gustos o alimentar el espíritu realizando las labores que les brinden paz y alegría.
Dice una amiga doctora –profundamente sensible y cuidadosa de la más mínima necesidad de sus padres- que antes de juzgar a los hijos, también hay que asomarse al pasado de sus progenitores, porque las soledades que un día hiciste padecer se volverán contra ti cuando más indefenso estés. Y yo creo que es verdad, aunque haya cientos de ejemplos de gente con un sentimiento de amor mayor que el del rencor, y, al final de la vida, hayan sembrado rosas allí donde en su niñez solo encontraron espinas.
Tampoco hay que menospreciar, en esta suerte de cadena generacional, el impacto de los problemas cotidianos en la vida de cada cubano, sobre todo cuando los ancianos dejan de aportar a la economía familiar –incluso en los deberes hogareños, a causa de padecimientos u otras dificultades- y su cuidado y atención se convierten en un problema real que trastorna la organicidad de no pocas familias.
El envejecimiento demográfico, resultado de la combinación de la disminución de la fecundidad, la mortalidad y las migraciones, supone una mirada profunda desde la subjetividad de los individuos que integran nuestro país, pero también tomando en consideración los recursos materiales y los condicionamientos objetivos a los cuales nos enfrentamos diariamente.
Un tema tan determinante como este no puede dejarse solo a la sensibilidad humana: cada actor social debe tomar partido. Por eso, me complace que en esta provincia desde donde escribo nuestros profesionales de la salud se hayan unido en torno al evento Geronto Holguín 2018, para reflexionar acerca del envejecimiento individual y colectivo, la atención familiar y comunitaria, los cuidados al final de la vida, el uso de medicamentos en el paciente mayor y el rol de los cuidadores.
Para quienes resulte lejana la posibilidad de la ancianidad, van dirigidas, sobre todo, estas reflexiones. No hay que olvidar que el presente es el reflejo del pasado y que mostrar respeto y amor a quienes debemos la vida, es la mejor manera de ganarnos el derecho a una vejez apacible y feliz.
