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Paternidad: precioso regalo
Por: Liudmila Peña Herrera
Publicado:  Todavía me sonrío cuando recuerdo aquella conversación inocente de un par de niños como de 10 ó 12 años. Íbamos los tres por la acera. Ellos delante, soñando planes para el futuro y yo, periodista interesada hasta en los sueños infantiles, activé mi alarma informativa cuando escuché: “Yo me quiero casar a los 25 y voy a tener un solo hijo”, dijo uno y el otro le espetó de inmediato: “Pues yo me caso a los 18 y a los 20 voy a tener el primero y después el otro. Ojalá fueran mellizos”.

No niego que pienso en aquella plática y todavía me sorprendo y  sonrojo. Escuchar así, sin ser invitada, el proyecto de paternidad de dos pequeños que parecían venir de empinar papalote o jugar al fútbol, me pone a pensar en la inmensa responsabilidad que entraña una pequeña nueva vida a la que hay que alimentar, educar en el bien y amar por sobre todas las cosas.

Muchas veces la paternidad llega sin aviso, sin que uno se lo plantee o se lo imagine demasiado, porque en plena adolescencia creemos que el mundo gira solo alrededor de nuestros propios divertimentos. Pero de pronto llega la noticia así, como las antiguas cigüeñas, sin que las manden a buscar, y el chico tiembla del susto porque aún no tiene ni tamaño para cargar un bebé.

Y la novia insiste en que sí, en que el niño viene y entonces comienza la terrible angustia de imaginar cómo se va a preparar para ser papá.

Son muchos los que opinan que la paternidad es muy diferente a la maternidad. Que no se crean los mismos lazos, que es menos fuerte el vínculo sentimental. Pero cuando observo a los pequeños Samuel o Nelson David arrullados por los enternecidos papás, que ahora ya nunca más tendrán los mismos planes ni las mismas ideas que antes de que ellos nacieran, porque ahora la prioridad y la mayor atención la tienen esos seductores bebés; cuando escucho los razonamientos de la graciosa Lulú, de apenas dos años, amorosa de los libros y el conocimiento; o cuando soy testigo de la felicidad de Emilito, por el nuevo Alejandro que pronto traerá al mundo su esposa Claudia; me convenzo de que la paternidad es tan grandiosa y entraña tantas responsabilidades y desvelos como la propia maternidad.

“No hay nada más lindo que ver a un padre riendo a carcajadas con sus hijos”, me dijo una amiga hace poco tiempo. Y yo que creo que sí, que es hermoso en verdad; pero lo es tanto o más como verle la preocupación en el rostro cuando mira el termómetro o el desorden de las libretas. O cuando se sienta a la niña o el niño en las rodillas y le explica cómo es el mundo y cómo se puede ser honrado y bello. Porque después crecen los hijos y se convierten, sin pensarlo a veces, en el hombre o la mujer que aprendió a ser de pequeño o pequeña en su familia. Y una y otra vez comienza el ciclo de la paternidad que parece eterna, porque es el orgullo del hombre ver cómo nace y crece una criatura que se ha desprendido de sí mismo.

Y claro, este asunto es sobre padres. Pero no existe padre alguno sin la mujer que le regale esa preciosa experiencia.

Por eso cuando mis colegas o amigos se ponen a preguntar cuándo vendrán nuestros pequeñuelos, yo digo: “Todavía, todavía”, pero me pongo a imaginar cómo será de hermoso compartir la experiencia de la vida con quien sí ha soñado mucho con la paternidad. Ah, pero esa ya es otra historia. | GMT-05:00
 
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Última Actualización: 23/01/2018 01:22:18 PM GMT-05:00
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