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Ondas sonoras en la vida moderna
Autor :Dr. Luis Pérez Tamayo / Fotografías de: - Publicado: 30/10/2013 12:35:47 PM| 0 Opiniones

 Recientemente el estelar espacio Mesa Redonda de la televisión cubana abordó el tema del exceso indiscriminado de ruidos indeseables que se propagan por doquier y las medidas para su mitigación.

El tema viene a propósito para tratar sobre uno de los tipos de movimiento ondulatorio más importantes de la vida moderna: el de las ondas sonoras.

El movimiento ondulatorio, contra lo que muchos imaginan,  es uno de los más frecuentes en nuestro entorno. Consiste en el cambio recurrente del estado físico o de posición de cierto ente donde se alcanza en cada ciclo un valor límite máximo, pasando luego a un valor mínimo, retornando al valor máximo, y así sucesivamente. El vaivén de un péndulo es un ejemplo de tal tipo de movimiento.

Todos sabemos que el espacio en el que nos movemos está lleno de ondas electromagnéticas, como la luz, la radio y la TV, las microondas y los rayos X.  Todos son fenómenos al parecer muy disímiles, pero en realidad so sólo manifestaciones de diferentes frecuencias de un mismo tipo de onda, la electromagnética, que se propaga por el vacío a una velocidad de mil millones de kilómetros por hora, la mayor presente en la naturaleza.

La frecuencia de una onda viene dada por la cantidad de ciclos que raliza en un segundo, denominada HERTZIO.

Las ondas sonoras son, a diferencia de las electromagnéticas, de carácter mecánico: cuando se golpea el cuero de un tambor, o se tensan las cuerdas de una guitarra o el badajo golpea las paredes de una campana, se producen vibraciones que son trasladadas mecánicamente a las moléculas del aire circundante. Éstas, a su vez, transmiten el movimiento a otras moléculas mediante choques y de esa manera la vibración se transmite a una velocidad de unos 330 metros por segundo (doce kilómetros por hora).

Consiste así la onda sonora en alternos aumentos o disminuciones de la presión en el aire, el líquido (agua) o los sólidos, medios a través de los cuales se propagan las vibraciones sonoras o acústicas.

De la misma manera que el ojo humano, como sabemos, sólo capta una estrecha zona de frecuencias de las ondas electromagnéticas ( la correspondiente a la luz visible),  también el oído humano sólo es sensible a las frecuencias de hasta 20 mil ciclos por segundo o zona audible.

La intensidad de las ondas sonoras se mide en decibelios (en honor a Graham Bell). Una intensidad de 120 decibelios produce dolor.

Un martillo perforador o uno de esos grupos de rock que se oyen en nuestra ciudad en ciertos eventos musicales, producen ruidos de 90 – 110 decibelios.

Una conversación normal, que sólo puede verificarse con un límite máximo de 45 decibelios en el entorno, resultaría imposible en tales ambientes sonoros, ni qué decir dormir o relajarse.

Si Ud. oye hablar que su vecino tiene un amplificador de 100 watts, prepárese, pues éste es capaz de generar ruidos por encima de límite del dolor.

La contaminación sónica es uno de los grandes problemas que enfrentan las grandes industrias actuales, incluida nuestra modesta metalurgia holguinera.

Pero las ondas sonoras presentan también su cara útil.

Todos nos hemos familiarizado con los exámenes médicos por ultrasonido. Consiste en la generación de ondas de frecuencia  del orden de millones de Hertz, inaudibles para el oído humano, por el inofensivo aparatito que nos deslizan por el abdomen.
Las ondas generadas pasan a través de una especie de líquido gelatinoso e invaden el interior del abdomen hasta caer sobre el órgano investigado, donde es rechazada, mediante el fenómeno del eco, y retornan al aparatito, de nuevo a través del molesto líquido gelatinoso. La onda de eco refleja también los contornos del órgano en cuestión. Al llegar al aparatito, las ondas sonoras se transforman el eléctricas, para ser captadas luego en el monitor, que las hace visibles.

Los murciélagos, que son ciegos, sólo pueden orientarse tan rápido en la oscuridad, porque emiten ondas ultrasónicas  de unos 40 mil ciclos por segundo que, al chocar con los obstáculos, les indican su posición por el efecto de eco.

El mismo efecto se emplea en los radares, tan útiles en navegación aérea y en la localización de ciclones tropicales. Los sonares se basan en el mismo principio en su búsqueda de objetos submarinos, en este caso empleando al agua como medio de propagación del sonido.

Cuando un avión alcanza una velocidad mayor que la del sonido, se produce un estruendo que indica el hecho de que el aparato rompió la barrera del sonido. Ello ocurre porque, al aumentar su velocidad la parte delantera del avión se acerca más y más a las ondas sonoras que genera. Sucede como si dichas ondas se “amontonaran” en esa parte y el estruendo indica que dicho frente de ondas ha sido roto.

Los habitantes más veteranos de nuestra ciudad recordarán las prácticas aéreas donde no eran raros dichos  estruendos, y más de una vez se vio volar a un avión sin emitir el menor ruido, el que aparecía después, cuando aquél  se había alejado.

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