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Madres como la vida
Autor :Abdiel Bermúdez Bdez. / Fotografías de: - Publicado: 08/05/2015 10:45:42 AM| 0 Opiniones

 No sé si se lo propuso el día en que nací, o asumió la tarea como militante ejemplar en el Partido del Cariño, pero durante más de treinta años mi mamá –que aún no es La Vieja aunque yo quiero que lo sea– me ha regalado la certeza de que ser madre es el mayor privilegio de una mujer en las cambiantes fortunas del tiempo.

Con ella aprendí a pedir permiso, masticar con la boca cerrada, bailar en casa del trompo y encontrar el complemento directo en la oración de los abrazos. De ella aprendí también que madre es quien tiene la suerte de dar a luz a una nueva vida, o hace suya, por amor, una misión que tal vez Dios o el destino le negaron.

A veces cuestiono en silencio por qué tanta injusticia camina sobre la tierra. Por ejemplo, por qué día a día hay más abortos que nacimientos en los hospitales, y madres que maltratan a sus hijos con ofensas o con golpes, mientras otras mujeres se duelen de la lejanía, lloran la pérdida de sus pequeños por una enfermedad angustiosa, o se someten a un millón de exámenes médicos, tratamientos invasivos o lo que se le ocurra a la ciencia, con tal de tener un hijo al lado suyo, de escuchar un “mamá”.    

Por eso estas palabras de hoy son para todas las madres, sí, pero especialmente para aquellas que todavía no dan todo lo que pueden, quizás porque no entienden su lugar sobre la tierra: las que no van nunca a las reuniones en la escuela; las que abandonan a sus hijos al pie de una iglesia o en una sala de hospital, o le piden el favor a una vecina para irse de carnaval la noche entera; las que quisieran que el padre que vive en el extranjero se lleve al niño para que este, cuando crezca, les mande una remesa; las que aleccionan con cinto o chancleta, pero nunca con un castigo verdadero, de esos que no dejan marca en el cuerpo porque su huella va por dentro.

Ser madre ha de ser el más alto grado académico al que puede aspirar una persona en la Universidad de la Vida. Claro, ser padre también, pero seamos realistas: son las madres quienes “matriculan” primero, si tomamos en cuenta los nueve meses en que se les va doblando la columna mientras la barriga se agiganta, y ya no es zapato su palabra preferida, sino bebé, y también cuna, colchón, canastilla, pámper, frutas, peso y presión sanguínea, y comienza el movimiento del futbolista en miniatura que da patadas por doquier para que la madre sea un mar de nervios y felicidad.

En esa batalla del cariño, ellas llevan las de ganar. Yo mismo siento algo de envidia (de la buena, de la que no hace daño) cuando intento percibir su movimiento intrauterino, y entonces él, para provocarme, se detiene en el acto y no hay quien lo mueva de su sitio hasta que la futura madre lo toca con dedos finos y delicados. 

Donde único salgo ganador es en la prueba de canto. Aprovecho que ella no es muy avezada en esa rama del arte, y me esmero, con la boca bien cerca del ombligo materno, esperando que él baile en su salón amniótico mientras le canto todo el repertorio que aprendí de chiquito, cuando todavía daban Arcoíris Musical.

Lo digo en serio: cualquier otra victoria es pírrica. Lo común es que baje la cabeza y acepte que las madres son ángeles que andan por la tierra, volando bajo, para sacarnos de apuros, para hacernos más fuertes, para que la vida sea menos compleja. Y lo peor es que a veces no entendemos cuánto significan hasta que su ausencia definitiva nos arrastra hasta la ciudad de las cruces en un domingo de lluvia.

En vida, no hay profesión más complicada, sobre todo porque no admite jubilaciones ni certificados médicos ni licencias sin sueldo. Algunas veces, recibe por pago el doloroso tormento de la ingratitud y el desamor, pero casi siempre sale premiada con el cariño infinito de los buenos hijos.

Muchos de estos han tomado por asalto las tiendas de divisas en los últimos días, para comprar el obsequio que La Vieja merece en el Día de las Madres; y otros apuestan por flores y postales, y agradecen al cielo por tenerla viva todavía.   

Este segundo domingo de mayo, la Vieja estará más feliz, no tanto por los regalos como por la comida familiar que logró reunir a sus muchachos bajo el mismo techo; muchachos que rara vez coinciden en un sitio durante más de cinco minutos, por culpa del trabajo, las responsabilidades inaplazables y los olvidos involuntarios.

Por una extraña razón que solo ella conoce, no será este un día como cualquiera para una mujer que todos los días del año les regala la vida misma a sus hijos.

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