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Machismo vs felicidad
Autor :Liudmila Peña Herrera / Fotografías de: - Publicado: 10/03/2012 10:13:49 AM| 0 Opiniones

En mi corta pero intensa vida laboral y doméstica, he tenido que sortear los incómodos caminos de la crítica ajena a propósito de mi defensa a ultranza de los derechos de la mujer. Y no es que en Cuba se nos limite a espacios reducidísimos del desarrollo humano, todo lo contrario. Por algo somos reconocidas como excelentes dirigentes, profesionales incondicionales, obreras exigentes y estudiantes esforzadas.
No es común que se nos relegue o discrimine por falta de capacidad o fortaleza física, cuando en todos los frentes de la política, la economía y la sociedad en su conjunto, la sensibilidad y el ingenio de las féminas impulsan el desarrollo de este país.
Desde hace más de 10 lustros, comenzó la verdadera reivindicación de los derechos de la mujer cubana dentro de la sociedad. Hoy se habla de feminismo y ya los hombres no tiemblan como antaño: no hay por qué temer cuando la fortaleza de hombres y mujeres está en su condición de seres humanos.
Pero si el Estado ha creado mecanismos y disposiciones legales para propiciar esa igualdad de posibilidades entre uno y otro sexo, hay otra batalla donde hombres y mujeres no hemos llegado al consenso necesario. Se trata del hogar, de ese espacio íntimo, donde solo quienes cohabitamos podemos negociar las posibles soluciones de un mal que nos viene de tan lejos como nuestras raíces.
Y no hablo de otra cosa que de ese machismo ancestral, que no significa ser más cubanos y, muchos menos, más hombres. Esta vez, quiero referirme al machismo nuestro. Sí, al machismo femenino, que pone en nuestros labios frases que minimizan la capacidad masculina: “no lo dejo cocinar, porque él no sabe ni freír un huevo”, “si lo dejo fregar, nos comen los gusanos”, “mejor voy yo a la escuela de la niña, porque él nunca se acuerda de nada”.
¿Será que a las mujeres nos enseñan desde el vientre cómo fregar mejor, planchar o cocinar?, ¿o será que desde pequeñas nos regalaron jueguitos de cocina, planchas y cafeteras para que jugando aprendiéramos a “atender un hogar”? ¿Por qué siempre los niños manejaban los carritos y buscaban los mandados? Una postura ante la vida que, sin dudas, se nos viene forjando desde la cuna.
Mas los tiempos han cambiado (lo digo con la plena convicción de que algunos y algunas pondrán el grito bien alto, porque “eso es más desfachatez y vagancia, que otra cosa”). Pero han cambiado en verdad, y si hoy las mujeres podemos sustentarnos económicamente gracias a nuestro trabajo, ser tan profesionales como cualquier hombre, y decidir nuestro futuro familiar y laboral, ¿por qué continuamos repitiendo que “mi esposo es bueno porque me ayuda en la cocina”? ¿Por qué nunca pensamos que es buen hombre porque asume responsabilidades ante tareas que no han nacido para un solo sexo?
Hoy resulta inconcebible que una mujer renuncie a su desarrollo profesional para ocuparse de los hijos con el argumento de que es el esposo quien más lo necesita. Como es obsoleta la concepción de que madre es una sola, y padre, cualquiera. Y en este sentido, la discriminación puede ser tan traicionera hasta el punto de provenir de nosotras mismas. Hombres y mujeres están en todo el derecho de llegar hasta el punto más encumbrado de la realización personal que sus sueños y metas les dicten.
Ya sé que es bien difícil cambiar tantos conceptos, sustentados a veces hasta en conflictos generacionales; pero, por suerte, conozco numerosos ejemplos que confirman que con respeto, comunicación y amor, hombres y mujeres podemos ser mejores y más felices. ¡Ah!, y juntos.

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