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Edgar, un halo de luz
Autor :Liudmila Peña Herrera / Fotografías de: - Publicado: 13/02/2012 10:53:21 AM| 0 Opiniones

A simple vista, este es solo un hombre bien entrado en los 60, risueño y amante del oficio de captar imágenes con una cámara fotográfica. Pero hay que conocerlo de veras o adentrarse profundamente en su historia de fotorreportero, para entender de dónde le nace esa disposición infinita de atreverse a correr los riesgos que le imponga cualquier periodista para acompañar los textos del semanario ¡ahora! y el resto de las publicaciones de esa casa editora.
Mucho habíamos platicado Edgar Batista Pérez y yo, sobre sus aventuras fotográficas en diferentes partes del mundo, pero esta vez nos encontramos en su casa para conversar, en ese mismo ambiente amistoso que él sabe crear, sobre otros detalles de su vida profesional.
La sala de su hogar está repleta de fotografías familiares tomadas por su lente: la boda de uno de sus hijos, las nueras, sus nietos... los momentos más importantes de la historia de su prole inmortalizados en el papel. Era imprescindible hablar sobre sus inicios en el arte de las imágenes, pero no hubo necesidad de preguntar nada, porque a Edgar no hay que “sacarle las palabras”: le salen en torrente, repletas de matices, de anécdotas.

“Nosotros vivíamos en el barrio de San Fernando, en Báguano; pero en 1953 mi padre enfermó y tuvimos que trasladarnos a la ciudad para atenderlo. Al principio, yo me dedicaba a vender cosas en la calle: periódicos, zapatos..., también trabajé en una bodega como dependiente. Después me quedé sin trabajo porque al dueño ya no le hacían falta mis servicios, así que otra vez comencé a buscar algo que hacer y entré al estudio fotográfico Casal como auxiliar de limpieza”.

¿Y entonces cómo fue la primera vez que estuviste en contacto directo con una cámara fotográfica?

Lo primero que empecé a hacer, además de limpiar el estudio, fue recortar fotografías y repartirlas para ganarme algunas pesetas, porque pagaban un 20 por ciento de las fotos que se repartían en la calle. En aquella época, los fotógrafos iban a los bautizos y actividades familiares, tiraban las fotos sin contar con la gente, las hacían y después nos las daban para que las repartiéramos a ver si las querían. Casi siempre se compraban. Además, eran muy baratas: valían 80 centavos cada una. Ese fue el primer trabajo que hice vinculado con la fotografía.

Pero es con Casal con quien aprendes fotografía, ¿no?

Todo lo que sé de fotografía comercial se lo debo a José Miguel (Guelo) Casal. En su estudio aprendí a hacer de todo. Claro, tampoco fue porque él se lo propusiera, sino porque, como muchacho al fin, me interesaba aprender todo lo que él hacía, tanto en el estudio como en el laboratorio. Hay una anécdota de un hecho que marcó mi vida como fotógrafo: él había llegado muy incómodo porque tenía que hacer una ampliación grande, de una gente que tenía dinero y no le salía la foto. Entonces yo fui para la ampliadora, cogí un pedazo de papel, le di unos segundos más a la ampliación y reveló una foto lindísima. Entonces la pasé por el agua, la metí en el fijador y de ahí me fui a hacer otras cosas hasta que se fijara bien. Cuando se la enseñé, me preguntó: “¿Pero y eso quién lo hizo?” Y se quedó muy sorprendido cuando supo que había sido yo. Apenas tenía 15 años.

Y hay otra anécdota sobre tus incursiones en el estudio...

Eso fue unos días después. Él tenía que salir y me pidió que tirara todas las fotos de carné que pidieran, pero no podía hacer ni postales ni ampliaciones. Un rato más tarde, llegó una rubia lindísima y me pidió que le hiciera una postal. Yo me asomé afuera, no vi a Guelo y le dije que pasara. Le tiré dos fotos: una justo como él las hacía y otra a la que le quité la luz de relleno y le dejé la de frente. Aquella foto quedó con un halo de luz y una parte oscura: la rubia se veía preciosa. Pero cuando Guelo se enteró, se puso muy molesto, hasta que yo le enseñé la foto que había hecho.

¿Y cómo llegaste a la fotografía de prensa?

Gracias al Servicio Militar, en 1970 comencé a trabajar como corresponsal en la revista Combatiente. Entré como fotógrafo y redactor. Muchos de aquellos trabajos también los publicaba Verde Olivo; pero el director del periódico ¡ahora! había hablado conmigo para que yo fuera su jefe de fotografía, así que no lo pensé dos veces y me fui a trabajar para allá.

¿Cuál fue el momento más difícil de todas las misiones en Nicaragua y Angola?

Estar lejos de Cuba y de la familia es muy difícil. Yo siempre hacía chistes y alegraba a mis compañeros. Pero una vez los de la UNITA atacaron una caravana de civiles y mataron a un muchacho jovencito. Yo fui al entierro con otro compañero y tiré mis fotos, pero cuando salimos de allí, mi compañero comenzó a llorar. Eso me provocó un nudo en la garganta que no me permitió hablar nada más. Cuando llegué al predio de transporte, me metí para el cuarto a llorar y llorar. Esa fue la única vez que me ganó la tristeza en todo aquel tiempo.

¿Fue muy difícil el cambio de la fotografía tradicional a la digital?

Lo más difícil ha sido trabajar en la computadora. La primera cámara digital que yo cogí en mis manos fue una Mabika, con la cual cubrí una de las actividades más importantes en mi vida: la inauguración de una exposición de una artista de la plástica en La Habana, a la cual asistió Fidel. Aquella Mabika usaba casetes, no tarjeta, y casi no le cabían fotos. Como yo no sabía que Fidel asistiría, gasté los casetes y cuando tuve que borrar fotos, no sabía cómo hacerlo: tuve que aprender en ese momento. Pero lo más difícil fue aprender a trabajar en el Photoshop.

La tarde va cayendo sobre la ciudad y Esther, la esposa, llega con dos tazas humeantes de café. Pero es como si Edgar no reparase en las manecillas del reloj o en que es sábado y quizá su familia lo quiera tener para ella sola. Y mientras yo disfruto del líquido negro y cubanísimo, a este fotógrafo-conversador no le importa que se le enfríe el café, porque las ideas son las que hay que sacar calientitas, como las noticias cuando se trabaja en un diario.

“Muchas gracias, Esther. Muy rico el cafecito”, me voy despidiendo. “¿Nos vemos el lunes?”, pregunto a Edgar. Y otra vez la sonrisa ilumina el rostro del hombre, como aquel halo de luz que hizo historia en su carrera de fotógrafo.

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