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Cuba, Haití, Estados Unidos… y la batalla anticiclónica por la vida
Autor :Abdiel Bermúdez Bdez. / Fotografías de: - Publicado: 11/10/2016 08:21:23 PM| 0 Opiniones

 Era Jeremy una de las ciudades más atractivas de Haití hace solo unos días, y la fuerza bruta del huracán Matthew la redujo a escombros en pocas horas. El 80% de los edificios fueron destruidos y un semblante de desesperación, de dolor y muerte volvió a arropar a la patria de Louverture. Sin embargo, que esto ocurra no es culpa divina, aunque lo parezca.

Los desastres no son obra de Dios. Hoy existe comprensión científica de que un desastre es la manifestación extrema de un fenómeno (natural, en este caso) que encontró condiciones de vulnerabilidad para expresarse en daños materiales y muertes humanas.  

Si en 2010 Puerto Príncipe no hubiese sido una capital dominada por la explosión demográfica, el hacinamiento y la debilidad de las estructuras constructivas, Haití no hubiese llorado la muerte de unos 200 mil hijos y la pérdida de más de un millón de hogares por el devastador terremoto.

Seis años después, cualquier parecido con Matthew no es pura coincidencia. No se sabe a ciencia cierta cuántos muertos dejó el huracán en la Grand d’ Anse y en el Sur de Haití. Algunas agencias hablan de unos 800 fallecidos, pero el gobierno dice que no; que son casi 300 nada más; que el número desproporcionado es una estrategia publicitaria para que las ONGs ganen dinero a costa del sufrimiento del país.

De cualquier modo, las cifras son altas. Cuando el huracán es tan poderoso, de poco vale que las compañías telefónicas Digicel o Natcom, envíen mensajes a los celulares haitianos alertando sobre el peligro, ni que se habiliten refugios provisionales cuando la gente no quiere abandonar lo suyo por temor a ser robados.

En Haití, como en casi todo el Caribe, e incluso en la Florida, falta lo imprescindible. Una cultura meteorológica popular nacida del pleno acceso a la información, una gestión de riesgo a nivel estatal que evalúe y confronte cada vulnerabilidad, y una voluntad política expresada en la protección de cada persona, sea quien sea.

Al menos así lo hemos aprendido en Cuba, un país donde cada fenómeno deja incontables enseñanzas para perfeccionar los mecanismos establecidos; pero donde existe un Sistema de Defensa Civil que transforma cada evento meteorológico en una movilización nacional para preservar lo esencial, que es la vida humana.

Así lo han reconocido las Naciones Unidas, y no pocos organismos aseguran que la experiencia cubana debería servir de ejemplo a otros países. Y no es que cada Estado no haga lo suyo. En Kingston, la capital de Jamaica, también se prepararon, y en Estados Unidos se declaró el estado de emergencia en varias localidades.

Los gobernadores le pidieron a la población que no se dejara hipnotizar por la actual campaña electoral, y que asumiera la evacuación con medios propios. La gente respondió dejando vacíos los estantes de mercados y gasolineras, aunque tomaran más de lo que era estrictamente necesario.

No hay gobierno que se desentienda de un ciclón, porque no puede. Pero resulta imposible andar en estos “trajines huracanados” y estar ajeno a la articulación de cada engranaje, de cada detalle, de cada decisión que se toma en Cuba. Y aunque todas las casas no sean tan fuertes como quisiéramos, sí es muy fuerte esa sensación de acompañamiento que sobreviene cuando el propio Presidente del país llega hasta Maisí, Imías y Baracoa, para pulsar con sus manos el dolor de la tragedia y dar esperanzas a los que lo perdieron casi todo.

La experiencia la hacen suya hoy las autoridades de cada consejo de defensa, en medio de la recuperación, tras el desastre. Y sobreviene ese sentimiento de solidaridad que no se derrumba como se derrumba un puente, y que es mucho más fuerte que cualquier huracán.

En estos días también confirmamos que la evacuación en Cuba no es voluntaria. Que el Estado decide la preservación de la vida de todos los seres humanos, y no hay obligación más hermosa que esa.

Matthew dejó una estela de muerte en el Caribe. También arrebató 19 almas en la Florida. Pero en Cuba, aun en medio de tanto dolor, todos sobrevivimos a la furia de este huracán. Y hay quienes dicen que las casualidades no existen.

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