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Celia, huracán y brisa
Autor :Liudmila Peña Herrera / Fotografías de: - Publicado: 07/05/2015 12:50:56 PM| 0 Opiniones

 Voy a escribirle a Celia. No para que remiende o teja para mí algún camino de soluciones, como solía hacer antaño. Ni para construirle un pedestal a la mujer que prefirió escalar las cimas llevando a cuestas el dulce honor y el peso centenario de un Apóstol.  

Tampoco espero que responda. Porque voy a escribirle por el gusto del recuerdo o, mejor, del redescubrimiento de una de las joyas de la Revolución, de esas a las que el tiempo no tiñe de manchas, y de las que el pueblo puede que no hable tanto, pero siguen allí, envueltas en la mejor de las anécdotas, con el mismo valor –o más– que cuando nació para la Isla “la más auténtica flor”, la madre adoptiva de cientos de cubanos.

“Voy a escribirle a Celia”, decía la campesina con el sueño de llenar de estudios a una hija prometedora; lo repetía el obrero y puede que hasta el más humilde de los guerrilleros que la acompañara en los tiempos de la Sierra. El “voy a escribirle” se convirtió en la esperanza, en una frase de fe en el mejoramiento futuro, en un aguardar de la solución o la llegada de una conclusión justa. Por eso, también yo voy a escribirle. Y porque ya quisiera saber cuántas cartas recibiría aquella mujer que al triunfo de la Revolución contara con 38 años, pero con tanta experiencia de soldado como con tanta sensibilidad y ternura, a la par de la más amante de las señoras.

Será muy fácil escribirle, porque cuando la sinceridad mueve las teclas del alma, las letras no se resisten. Y porque muchos cuentan que jamás fue una Celia impostada, a no ser que se entienda también por ello el asumir los atuendos de embarazada para subir y bajar mensajes y entregar armas en las lomas. O que alguien crea todavía que una mujer es incapaz de apretar el gatillo para defender el honor de su tierra, o que es inapropiado verla manejar un auto o montar a lomo de caballos como el más varón de los muchachos de entonces.

Difícil será, eso sí, imaginarla tragándose un bulbo de penicilina y aguantando los regaños o la aprensión del padre-médico para lograr que la niña vomitara el frasco; o la risa traviesa de la muchachita que dejaba a algún pariente enjabonado en el baño porque había cerrado, deliberadamente y para divertirse, la llave de paso. Quizá esa Celia sea más desconocida, porque en las escuelas nos gusta engrandecer demasiado y opacar el lado más humano, el que nos une a todos con el mismo cordón umbilical a nuestros propios orígenes.

Yo voy a escribirle porque me encantan sus aretes enormes, su obsesión por ahorrar tiempo y esa fuerza de carácter que a muchos asombra, o molesta, en una mujer. Esos son los mismos que jamás comprenderán cuánto impulso le infunden ellas a los que le necesitan para ser más grandes. Del cigarro no hablaré demasiado: supongo que muchos le alertaron y ella insistió en acompañarse de él hasta las últimas consecuencias.

Una vida completa no cabe en una carta, ni hace falta que se la repasemos a su protagonista como en una película; pero si estos pensamientos llegasen a otras manos a nombre de Lilian, Carmen, Caridad, Aly o Norma (sus seudónimos de guerra), no quisiera que alguien se sintiese confundido. Aun así se trata de Celia, de aquella delgadez amante de vestimentas de saco y calzada con alpargatas, de la muchacha que ahorraba todo un año para repartir juguetes en Día de Reyes, de la primera mujer combatiente del Ejército Rebelde, de la dueña de la Mariposa en el cabello. Huracán y brisa al mismo tiempo.

No sé bien a manos de quién llegue, pero tengo la esperanza de que este nueve de mayo, la carta que yo escriba sirva para recordar que dentro de cinco años Celia Sánchez sería una mujer centenaria.

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